Mateo 14:27 “Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ‘¡Tened ánimo~~; yo soy, no temáis!~|'”

Era un viaje normal al extremo norte del Mar de Galilea. Jesús se quedó y ordenó a los discípulos que se adelanten. Ellos estaban confundidos y desilusionados. Era una noche oscura y tempestuosa, y estaban solos.

La última vez que estuvieron en una tormenta, Jesús se levantó y calmó la tormenta (Mt 8:26), pero ahora Él no estaba con ellos. Tenían miedo.

La “cuarta vigilia” (14:24) es de tres a seis en punto de la mañana. Habían navegado toda la noche. Jesús esperó, para que la situación empeore y ver si ellos volvían sus corazones al Señor. Él sabía cómo responderían, pero ellos debían conocer sus limitaciones y ver la capacidad de Jesús. Era un examen. En el futuro, ellos enfrentarían situaciones mucho más intimidantes y peligrosas.

Vieron a Jesús caminando sobre el agua. Según el Evangelio de Marcos, Jesús “quería adelantárseles” (6:48), pero estaban al borde del límite cuando Jesús apareció; entonces, el miedo se volvió pánico.

“Tened ánimo, Yo soy”, les dijo Jesús. Sea cual sea nuestra situación, Él está con nosotros y espera que no seamos intimidados, ni tengamos miedo. “El Señor estuvo a mi lado, y me dio  fuerzas” dijo Pablo (2 Tim 4:17). Nunca atravesaremos circunstancias en las que Cristo no esté con nosotros.

Una vez, cuando yo era piloto, se me dañó un motor mientras volaba sobre la selva colombiana y tenía que estrellarme contra las copas de árboles de 60 pies de altura. Recuerdo orar, “Señor, te entregué mi vida. Es tuya. Puedes hacer con ella lo que Tú quieras. Si quieres llevarme ahora, ¡está bien! Si quieres protegerme al estrellarme, te estaré agradecido por siempre”.

La paz de Dios fue inmediata mientras descendía de 4.000 pies de altura a una muerte casi segura. Cuando golpeé los árboles, los flotadores se agarraron a un árbol grande, que se inclinó, amortiguando el golpe y haciendo que el avión llegue a tierra casi verticalmente. ¡No me lesioné! Me bajé del avión, caí de rodillas, y le agradecí a Dios por Su maravillosa protección.  Nunca tengas miedo de hacer su voluntad.

Gasté seis horas en caminar a la casa sobre el Río Caquetá. Luego desarmé la avioneta, pieza por pieza y la llevamos la nuestra base en La Pedrera. En seis meses pude reconstruirla y resumir los vuelos evangelísticos.  Dios es confiable. 

“Señor, gracias por no tener que ceder al miedo.  Podemos confiar en Tu amor y Tu presencia en toda circunstancia.  Gracias por permanecer con nosotros cuando la vida se pone difícil.”