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Noviembre 14. Muestra tus obras.

1Santiago 3:13 “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre* por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre.”

Nuestro sistema de valores determina cada decisión que tomamos. Santiago, hace la pregunta retórica, “¿quién es sabio y entendido entre vosotros?”. La palabra “sabio” habla de una percepción moral y de la habilidad de aplicarla en la vida.

“Entendido” se refiere al conocimiento intelectual y científico. “¡Adquirir sabiduría es lo más sabio que puedes hacer! Y en todo lo demás que hagas, desarrolla buen juicio” (Prov 4:7). En las Escrituras hay dos clases de sabiduría: la sabiduría del hombre y la sabiduría de Dios.

Salomón, lleno de sabiduría de Dios, escribió sobre las consecuencias de la sabiduría del mundo: egocéntrica, de complacencias egoístas que resultan en necedad, insensatez, frustración e inutilidad. Concluyendo: “…me dispuse a aprender de todo: desde la sabiduría hasta la locura y la insensatez; pero descubrí por experiencia que procurar esas cosas es como perseguir el viento” (Ec 1:16-18). La sabiduría humana es un mero espejismo.

Job preguntó, “Pero ¿sabe la gente dónde encontrar sabiduría? ¿Dónde puede hallar entendimiento?” (Job 28:12NTV).  Luego responde, “El temor del Señor es la verdadera sabiduría; apartarse del mal es el verdadero entendimiento” (28:28). Verdad, la sabiduría beneficiosa solo viene de arriba. No se trata de cuánto conocemos sino de cuánto confiamos, amamos y obedecemos las palabras del Señor.

La mayoría de personas cree que su entendimiento es tan bueno o mejor que el de otros, y esa forma necia de pensar (Prov 12:15) les lleva a tener “envidia amarga y egoísta  (ambición egoísta) en sus corazones”, y a jactarse de sí mismos. Niegan o mienten contra la verdad “porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica” (Stg 3:14-16). Lo que una persona cree como verdad, determina la manera como vive.

La sabiduría de Dios es evidente: “mostrar por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre”.  Esa “mansedumbre” o docilidad pone en primer lugar las necesidades de otros y pone en último lugar sus intereses propios, siendo justamente ése el objetivo de la sabiduría de Dios: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mt 5:5).  Son quienes sabrán cómo dirigir en el reino de Cristo cuando Él venga.

Oro para que Tú hagas que mis buenas obras sean evidentes; y por favor, dame sabiduría para hacerlas con gentileza y mansedumbre.”

 

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